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Organización militar

Soldado y liderazgo13 min de lecturaActualizado 12/2020

La evolución de los ejércitos y la posición del suboficial desde la Antigüedad hasta la Edad Moderna

  • El ejército romano
  • Levas tribales y feudalismo
  • Ejércitos de mercenarios, los suizos, del caballero a la caballería
  • La época de los ejércitos permanentes y de las guerras de gabinete
  • Ejércitos populares, ciudadanos de uniforme
  • El ejército alemán desde la fundación del Imperio hasta hoy

El ejército romano

Muchas altas culturas de la Antigüedad ya mantenían ejércitos permanentes. A menudo estos eran solo el núcleo de toda la leva de guerra, como por ejemplo la guardia personal del soberano. El resto de las fuerzas armadas se componía de milicias y reclutas forzosos.

A diferencia de ello, la antigua Roma creó la fuerza militar permanente más grande y eficaz de su tiempo, formada por guerreros profesionales asalariados y organizados con una estricta jerarquía.

El año tradicional de la fundación de Roma es el 753 a. C. Al principio todavía una pequeña ciudad-estado, Roma evolucionó a lo largo de los siglos de la monarquía a la república y, finalmente, de la república al cesarismo; hasta que Roma se dividió en el Imperio romano de Occidente y el de Oriente, y el Imperio de Occidente se desmoronó en el siglo V por la decadencia interna y la presión exterior de los pueblos bárbaros; mientras que Roma oriental y su capital Bizancio/Constantinopla fueron conquistadas por los turcos en 1453.

Entre estas fechas se sitúa la evolución del poder militar de Roma, desde la milicia de los primeros tiempos hasta el primer ejército moderno de la historia.

El objeto de este análisis es el ejército romano en la época del reinado de Augusto (Octavio, 27 a. C. a 14 d. C.).

Tras el fin de la guerra civil romana, Augusto redujo el núcleo del ejército a 28 legiones. Una legión de este tipo comprendía entre 4800 y 6000 hombres, incluidas las tropas auxiliares. Normalmente estaba al mando de un legado (general). Una legión se dividía en 10 cohortes de unos 480 hombres, cada una al mando de un praefectus cohortis o tribuno. Una cohorte constaba de 3 manípulos, que a su vez constaban de 2 centurias, cada una al mando de un centurión. (Centuria = unidad de cien hombres, que sin embargo solía tener entre 60 y 80) Los manípulos y las centurias estaban al mando de centuriones de diversos rangos.

Dentro de la legión había unos 150 rangos y cargos distintos; la palabra actual «oficial» deriva del latín officium = cargo.

Dentro de esta jerarquía ya existían rangos y funciones que corresponden a los de un suboficial actual.

Existía, por ejemplo, el venerable cargo del signifer, el portador del estandarte del manípulo, reconocible por una piel de animal. Dentro de las centurias estaban los optiones = sargentos, que ayudaban a los centuriones en la instrucción de los legionarios, en la transmisión de las órdenes y en la supervisión de su cumplimiento.

Los ascensos solían concederse por méritos, de modo que no pocos llegaron desde simple legionario hasta altos rangos.

Tras la caída del Imperio romano, durante muchos siglos, hasta la Baja Edad Media, no habría una fuerza militar comparable que tuviera los rasgos de un ejército moderno.

Levas tribales y feudalismo

En la transición entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media, las levas tribales marcaron la organización militar de los galos, los hunos, los germanos y otros «pueblos bárbaros». Sus jefes eran caudillos y nobles; la disponibilidad de los guerreros dependía del prestigio, la estación y la época de la cosecha.

Con el surgimiento del Imperio franco y el sometimiento de pueblos paganos como los sajones por el emperador cristiano Carlomagno, se fue desarrollando en Europa el feudalismo, basado en la pirámide feudal. En la cúspide de esta pirámide estaba el rey, ungido por Dios, es decir, por su representante en la tierra.

Como el rey no podía gobernar personalmente todas sus tierras, estas se confiaban en administración fiduciaria a los seguidores más leales de la hueste real. Eran duques, príncipes, condes y barones, que a su vez transmitían su poder a la baja nobleza, los caballeros.

Durante muchos siglos, el arma decisiva de la Edad Media sería el caballero montado y fuertemente armado, mientras que la mayor parte de la infantería solo servía de apoyo y para poco más.

Un ejército feudal no era, por tanto, un ejército permanente concentrado en guarniciones que pudiera movilizarse rápidamente, sino una fuerza dispersa por los territorios que normalmente solo podía reunirse según la estación.

Un ejército de caballeros así era cualquier cosa menos un cuerpo táctico cohesionado, instruido y controlable; era más bien un conglomerado suelto de combatientes individuales que buscaban una rápida decisión en la batalla y estaban fijados en el honroso combate singular con sus iguales.

Ejércitos de mercenarios, los suizos, del caballero a la caballería

A lo largo de la Edad Media, sin embargo, las tropas de a pie ganaron importancia y profesionalidad. Las convulsiones militares y sociales sacudieron cada vez más la posición de la caballería. Con el aumento del poder y la riqueza de las ciudades, los burgueses renunciaron cada vez más a la protección del caballero y formaron milicias y tropas mercenarias para protegerse.

En el ámbito militar se dio por primera vez el caso de que la infantería se convirtiera en el arma decisiva de las batallas. En la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, la flor de la caballería francesa fue segada varias veces, como en Crécy y Azincourt, por los arqueros galeses e ingleses de arco largo.

También llamó la atención de Europa la victoria de una fuerza compuesta únicamente por infantería suiza sobre un ejército de 3000 caballeros en Morgarten en 1315. Durante muchos años, los suizos formaron la infantería más famosa y aparentemente invencible de Europa.

La creciente importancia de la infantería hizo necesaria la transformación del ejército de caballeros en un cuerpo táctico cohesionado: la caballería.

A finales de la Edad Media, el paso del ejército feudal al ejército mercenario se había completado en gran medida. El equivalente alemán de los confederados suizos eran los lansquenetes (Landsknechte). De esta palabra procede también la expresión Landser (soldado raso, en la jerga alemana). Echemos un vistazo a un ejército de este tipo.

Un ejército de mercenarios era un asunto costoso y la mayoría de las veces solo se reclutaba cuando se necesitaba. Había también empresarios de la guerra como Erich von Mansfeld, Albrecht von Wallenstein o los condotieros italianos, que ofrecían ejércitos completos en alquiler. La lealtad del mercenario era para quien le pagaba; los intereses nacionales o dinásticos no tenían ningún papel.

La unidad básica táctica y administrativa a la que pertenecía un mercenario era la Fähnlein (compañía) o el regimiento, entendiéndose aquí regimiento como el mando del coronel del regimiento.

En estas unidades existía ya de nuevo una fuerte estructura jerárquica:

«De los altos mandos y cargos que pertenecen al regimiento de infantería

El coronel, su lugarteniente, los capitanes de infantería, el Schultheiß (juez), el escribano del tribunal, el alguacil del tribunal, los asesores del tribunal, el maestre de guardia, el maestre de provisiones, el intendente de alojamientos, el preboste, el Hurnweybel (encargado del bagaje y de la gente que seguía al ejército), el carcelero, el corchete, el verdugo

Cargos que pertenecen a cada compañía de soldados

Capitán, su lugarteniente, alférez, sargento, guía, dos sargentos ordinarios, capellán, escribano, cirujano barbero, pífano y tambor, cabo de fila, escoltas y cabos…

Todo el que ocupaba un cargo (officium) era un oficial; se distinguía entre oficiales superiores y subalternos (Ober- y Unteroffiziere). A partir de entonces, los ejércitos volvieron a tener una estructura jerárquica de oficiales, suboficiales y tropa.

Mantener un ejército de mercenarios en una guerra larga planteaba grandes problemas a los soberanos y a los Estados. Como la lealtad y la disciplina de un ejército de mercenarios dependían de la paga y el sustento regulares, se producían situaciones catastróficas en cuanto estos no podían garantizarse.

Mientras que en la Edad Media un ejército rara vez contaba con más de 10 000 o 20 000 hombres, durante la guerra de los Treinta Años (1618 – 1648) no eran raros los ejércitos de 30 000, 40 000 o 50 000 hombres, a los que solía sumarse un séquito 3 o 4 veces mayor de mujeres, niños, merodeadores y demás chusma. Cuando estos ejércitos atravesaban el país saqueando, incendiando y arrasando, uno puede imaginarse que la tierra quedaba después asolada en el sentido más literal de la palabra (en alemán verheert, literalmente «devastada por un ejército»). En Alemania, aproximadamente un tercio de la población fue víctima de esta guerra.

Los daños económicos causados por este tipo de guerra llevaron a las naciones a emprender otros caminos.

La época de los ejércitos permanentes y de las guerras de gabinete

Con el desarrollo de los Estados, les fue posible mantener ejércitos en armas de forma permanente y no solo en tiempos de guerra. Estos ejércitos se reclutaban entre los súbditos del país y entre mercenarios, a los que se disciplinaba con medios severos. El voluminoso bagaje y la mayoría de los no combatientes se apartaron del cuerpo de tropas. Esta evolución alcanzó su punto culminante en el siglo XVIII, y la creación más famosa de esta época fue el ejército prusiano, que Leopoldo de Anhalt-Dessau creó e instruyó bajo el reinado del Rey Sargento y que Federico II utilizó en sus guerras para fundar la posición de gran potencia de Prusia. Este ejército se convirtió en el modelo de todos los ejércitos de Europa, y sus mejores valores y tradiciones perviven hasta hoy en las fuerzas armadas alemanas.

La expresión guerra de gabinete se basaba en el empeño de los gobiernos por dirigir la guerra desde la mesa de negociación, preservando y excluyendo en gran medida a la población y la economía. A muchos les sirvió de advertencia la furia descontrolada de la guerra de los Treinta Años, en la que los ejércitos se independizaron y la guerra alimentaba la guerra.

Ejércitos populares, ciudadanos de uniforme

Dos acontecimientos históricos provocaron el cambio del ejército a sueldo al ejército popular: la lucha por la independencia de las colonias americanas contra la metrópoli británica, en la que contaron con el apoyo de la Francia borbónica, y la Revolución francesa de 1789. Esta fue producto del creciente endeudamiento del Estado, de la decadencia e inmovilidad de la nobleza, de la pobreza de las masas y, en última instancia, de la fecundación de las masas francesas con los ideales de la lucha americana por la libertad.

Desafiadas por la proclamación de la república y la decapitación de Luis XVI, estalló la guerra entre la Francia revolucionaria y las viejas potencias de Europa. Como el antiguo ejército real francés no bastaba para hacer frente a la amenaza, se proclamó la levée en masse, la leva en masa. Estas tropas de nueva creación fueron fusionándose poco a poco con las tropas regulares por obra del ministro de la Guerra Lazare Carnot, y superaban en número a los viejos ejércitos de Europa. Gracias a la práctica de las guerras revolucionarias, acabaron acercándose también en calidad al nivel de los demás ejércitos, y produjeron jefes geniales.

La guerra, el ejército y su genio militar y político fueron finalmente para Napoleón Bonaparte el trampolín hacia el poder. En 1804 se convirtió en emperador de los franceses. En 1805 aplastó una coalición austro-rusa, y en 1806 el Estado prusiano se derrumbó ante su embestida.

Pero la profunda caída de Prusia se convirtió en la base de su renovación.

Hombres patriotas como Scharnhorst, Gneisenau y Clausewitz en el ámbito militar, o como el barón vom Stein en el civil, trabajaron con vistas al momento de la liberación del yugo francés. Como Prusia solo podía tener ya un ejército de 40 000 hombres, se intentó crear reservas mediante periodos de servicio cortos. El soldado ya no debía combatir por miedo al castigo, sino por convicción interior, como ciudadano de uniforme, como defensor nato de su Estado. Los privilegios de la nobleza se abolieron en gran medida.

La desafortunada campaña de Rusia de Napoleón en 1812, que terminó con la destrucción de la Grande Armée, ofreció la oportunidad para el levantamiento, y en alianza con Rusia, Austria, Inglaterra y Suecia, Napoleón fue definitivamente derrotado hasta 1815.

La cancillería de Bismarck en la época posnapoleónica condujo finalmente, mediante su política de sangre y hierro, a la fundación del Imperio alemán bajo hegemonía prusiana en 1871.

Las fuerzas armadas alemanas se agruparon en un ejército federal formado según el modelo prusiano.

Este ejército existió hasta 1918.

Los suboficiales formaban «la columna vertebral del ejército». Una parte de ellos procedía de las escuelas según el modelo prusiano, que entretanto habían aumentado en número.

La tropa cubría su principal necesidad con hombres formados por ella misma que se comprometían voluntariamente a un servicio más largo.

«Capitulaban», como se decía, recibían una «prima de enganche» (100 marcos en la primera prórroga por 4 años) y un complemento mensual de la paga. Tras cumplir 12 años de servicio, adquirían el derecho al certificado de empleo civil junto con una prima de 1500 marcos, que aumentaba a 3000 marcos si renunciaban al paso a la carrera de funcionario de grado inferior. Como un ascenso mayor solo era posible en la vida civil, ya no había veteranos de largo servicio, sino solo los llamados «Zwölfender» (hombres de doce años).

Quien llevaba los galones dorados, como sargento primero (Feldwebel o, en la caballería, Wachtmeister) incluso el fiador de sable en el arma larga, ocupaba en la jerarquía de mando el primer escalón de respetable importancia.

Hacía tiempo que los suboficiales no eran meros instructores de orden cerrado. Como las formaciones de combate cerradas se habían disuelto casi por completo bajo el efecto de una técnica armamentística que avanzaba a toda velocidad, debían apoyar al oficial en el ámbito de la compañía de forma tanto más autónoma e incluso poder sustituirlo en una situación crítica, como ya en 1866 en el bosque de Swiep, en Königgrätz. A ello correspondía la mayor importancia de la tarea de educar también a la tropa para que actuara activamente por sí misma.

En «la fiabilidad y la lealtad al deber de los suboficiales» se basaba «la cohesión interna de la tropa». Así, se reconocía a su posición un rango adecuado en la conciencia del pueblo. La profesión de suboficial se vio reforzada en lo ideal por el cultivo consciente del espíritu de cuerpo dentro de las compañías. Durante el servicio, este cultivo estaba principalmente en manos del jefe de compañía y sus oficiales; fuera de él, se confiaba a la influencia solícita del «Etatmäßiger Feldwebel» (sargento mayor de compañía, el «Spieß»).

A juicio de expertos militares tanto alemanes como extranjeros, el cuerpo de suboficiales del ejército alemán demostró plenamente su valía en la prueba de fuego de dos guerras mundiales gracias a su gran competencia militar.

El antiguo presidente francés François Mitterrand, miembro de la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial y que había estado él mismo prisionero de los alemanes, dijo en 1990 durante una visita de Estado a Berlín: «En el caso de los soldados alemanes que murieron en tan gran número, me importa menos su uniforme e incluso el espíritu que determinaba sus actos. Tuvieron un gran valor y marcharon hacia esta tormenta de fuego sin vacilar. Eran personas que amaban a su patria. Hay que ser consciente de ello».

La implicación complaciente, culpable o trágica de miembros de la Wehrmacht de todos los empleos en la guerra criminal de Hitler hace imposible que la Bundeswehr se remita en su tradición a la Wehrmacht como predecesora.

Pero para nosotros sigue vigente el ideal del ciudadano de uniforme, obligado a su juramento, a su misión y a su conciencia.

Cita en la lápida del oficial prusiano von der Marwitz:

«Eligió la desgracia donde la obediencia no traía honor».

Von der Marwitz fue un meritorio oficial prusiano durante el reinado de Federico II. Un ministro sajón era enemigo íntimo de Federico. El carácter sanguíneo de Federico le llevó a ordenar al batallón de Marwitz que devastara el palacio favorito del ministro. Aunque Marwitz era consciente de las consecuencias para su carrera, se negó a cumplir aquella orden militarmente absurda y moralmente cuestionable, y fue licenciado en desgracia.

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